La técnica del camaleón es una estrategia de educación emocional diseñada para ayudar al alumnado a reconocer, regular y expresar la rabia de forma adecuada. A través de una metáfora sencilla y muy visual, el camaleón se convierte en un modelo que enseña a los niños y niñas que las emociones cambian, igual que los colores, y que no es necesario reaccionar de inmediato ante lo que sentimos. Esta técnica se trabaja paso a paso, permitiendo que el alumnado aprenda a parar, calmarse y tomar mejores decisiones.
La propuesta se estructura en una secuencia clara: reconocer el “color” de la rabia, buscar un lugar seguro, usar la respiración para calmarse, reflexionar antes de actuar y, finalmente, cambiar de ambiente y continuar con mayor tranquilidad. Cada paso conecta cuerpo, emoción y pensamiento, facilitando que el alumnado entienda qué le ocurre por dentro y qué puede hacer para manejarlo mejor.
Uno de los grandes beneficios de la técnica del camaleón es que normaliza la rabia. No se trata de evitarla ni de castigarla, sino de comprenderla y aprender a gestionarla. El alumnado descubre que sentir enfado es algo natural, pero que siempre hay alternativas para expresarlo sin hacer daño a uno mismo ni a los demás. Además, al ser una técnica muy visual y simbólica, resulta especialmente eficaz en Educación Infantil y Primaria, aunque también puede adaptarse a cursos superiores.
Trabajar la regulación emocional en el aula es fundamental para mejorar la convivencia, el clima de clase y el bienestar del alumnado. Un niño que aprende a identificar lo que siente y a autorregularse tiene más facilidad para concentrarse, resolver conflictos de forma pacífica y desarrollar habilidades sociales saludables. La educación emocional no es un añadido, sino una base imprescindible para el aprendizaje y el desarrollo personal.
Otro aspecto muy positivo de esta técnica es que no se limita al contexto escolar. La técnica del camaleón puede aplicarse también en casa, utilizando el mismo lenguaje y los mismos pasos. Cuando familia y escuela comparten estrategias emocionales, el niño se siente más seguro y coherente, y el aprendizaje se consolida con mayor facilidad. Un rincón tranquilo, la respiración consciente o el uso de colores para identificar emociones son recursos sencillos que pueden integrarse en la rutina diaria familiar.








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