A menudo, el error en la enseñanza de las matemáticas es saltar directamente al algoritmo (la «casita» de la división) sin que el niño haya comprendido la naturaleza de la operación. El uso de láminas ilustradas, donde los alumnos deben repartir quesos entre ratones o flores en jarrones, no es un simple pasatiempo; es la transición crítica del pensamiento concreto al pensamiento abstracto. Al manipular visualmente los elementos, el estudiante deja de ver números aislados y empieza a entender la división como una acción real de distribución equitativa.
Uno de los mayores beneficios de este ejercicio es el desarrollo del sentido numérico. Cuando un niño dibuja líneas para entregar un queso a cada ratón, está experimentando la proporcionalidad de forma intuitiva. Este proceso permite que el cerebro identifique patrones: el alumno nota que si hay más «receptores» (ratones o jarrones), a cada uno le toca una parte menor. Esta comprensión cualitativa es la que evita que, en el futuro, los niños cometan errores absurdos con los números, ya que tienen una imagen mental de referencia a la que acudir.
Además, estas láminas actúan como un puente emocional que reduce la ansiedad matemática. Al presentar el reto como una narrativa (ayudar a los animales a comer o decorar una estancia), el foco de atención se desplaza del «miedo a equivocarse con el cálculo» al «deseo de resolver el problema». Esto fomenta la confianza y la autonomía, permitiendo que el niño experimente con el error. Si al final del reparto sobra un elemento o un ratón tiene más que otro, el dibujo le ofrece una retroalimentación inmediata, permitiéndole corregir su lógica sin necesidad de que el profesor intervenga constantemente.
Finalmente, este método visual facilita la comprensión de conceptos avanzados que vendrán después, como las fracciones o el resto. Al ver físicamente que un grupo de objetos se ha fragmentado en partes iguales, el niño está asimilando la idea de unidad y fracción de forma natural. Es, en definitiva, la estrategia más respetuosa con el ritmo madurativo de los pequeños, asegurando que los cimientos de su educación aritmética sean firmes, lógicos y, sobre todo, comprensibles.













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