Cuando pensamos en el aula, solemos centrarnos en contenidos, objetivos y evaluaciones. Sin embargo, hay algo que atraviesa todo el aprendizaje y que muchas veces no aparece en los libros de texto: las emociones. Cómo se siente un alumno influye directamente en cómo aprende, cómo se relaciona y cómo vive la escuela. Por eso, dedicar tiempo a la educación emocional no es un extra, sino una necesidad.
La música es una herramienta poderosa y accesible para trabajar las emociones en el aula. Basta con escuchar una canción para que algo se active en nuestro interior: alegría, calma, energía, tristeza, recuerdos… La música conecta directamente con el mundo emocional, y lo hace de forma natural, sin necesidad de grandes explicaciones. Además, permite que cada alumno viva la experiencia desde su propia realidad, entendiendo que no todos sentimos lo mismo ante los mismos estímulos.
Esta actividad nace con la intención de crear un espacio seguro donde el alumnado pueda reconocer, nombrar y expresar lo que siente a través de la música. A partir de propuestas sencillas, como elegir una canción para cuando están tristes, enfadados, contentos o con ganas de bailar, los niños y niñas aprenden que todas las emociones son válidas y que forman parte de su día a día.
Dedicar un tiempo del aula a este tipo de actividades tiene un impacto muy positivo: mejora el clima de clase, fomenta la empatía, fortalece la autoestima y ayuda al alumnado a conocerse mejor. Además, rompe con la idea de que aprender es solo algo intelectual y nos recuerda que educar también es acompañar emocionalmente.




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